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jueves, 27 de agosto de 2026

Por qué el Truco es el juego más argentino que existe

Hay una prueba sencilla para saber si una reunión de amigos comenzó a ponerse interesante: alguien trae una baraja española, otro despeja la mesa y, pocos minutos después, aparece la primera discusión. Nadie sabe con certeza quién repartió mal, quién hizo una seña demasiado evidente o quién afirmó tener treinta y tres de envido con una seguridad digna de un candidato en campaña. Así comienza una partida de truco argentino.

El juego también se adaptó a las nuevas costumbres. Hoy ya no es indispensable reunir a cuatro personas alrededor de una mesa, porque plataformas como trucoreal.com permiten trasladar parte de esa experiencia al mundo digital. Sin embargo, cambie lo que cambie, la esencia sigue siendo la misma: engañar con elegancia, interpretar al rival y defender cartas espantosas como si fueran un tesoro nacional.

Por qué el Truco es el juego más argentino que existe

El Truco no se juega solamente con cartas

A simple vista, las reglas parecen relativamente fáciles. Se utiliza una baraja española de 40 cartas, se reparten tres a cada jugador y las manos se resuelven en un máximo de tres vueltas. Las partidas pueden disputarse a 15 o 30 puntos, según la modalidad elegida.

Pero conocer las reglas apenas sirve para sentarse a la mesa sin hacer el ridículo durante los primeros cinco minutos. Para jugar bien hay que entender algo más importante: en el Truco, las cartas representan solo una parte de la partida.

La mirada, el tono de voz, la velocidad de una respuesta y hasta la forma de apoyar una carta pueden cambiar el rumbo de una mano. Una persona puede recibir tres cartas excelentes y perder por miedo. Otra puede tener un cuatro, un cinco y un seis, cantar “¡Truco!” con absoluta convicción y conseguir que todos sus rivales abandonen.

En otros juegos, mentir puede ser una trampa. En el Truco es prácticamente una materia obligatoria.

El arte argentino de hablar sin decir demasiado

Si algo distingue al Truco de otros juegos de cartas es que el silencio suele ser sospechoso. Durante una partida se conversa, se provoca, se exagera y se intenta confundir al adversario.

“¿Querés?”, “¡Quiero!”, “Retruco”, “Vale cuatro” y “Son buenas” son expresiones sencillas que, dentro del juego, pueden transformar por completo el ambiente de una mesa. Cada frase tiene un valor, pero también una intención escondida.

Un “Truco” puede significar que alguien tiene cartas poderosas. También puede significar que no tiene absolutamente nada y espera que su rival se asuste. Incluso puede ser una reacción impulsiva de una persona que todavía no miró bien sus cartas, pero ya decidió complicarle la tarde a todo el mundo.

Esa combinación de seguridad, improvisación y descaro resulta muy argentina. El buen jugador no se limita a calcular probabilidades. Cuenta una historia y trata de conseguir que los demás la crean.

El Envido y la emoción de discutir por un punto

El Envido es otra de las grandes pruebas de carácter. Su valor se calcula principalmente al combinar dos cartas del mismo palo. Cuando un jugador canta, comienza una pequeña negociación en la que nadie quiere mostrar debilidad.

Se puede aceptar, rechazar, aumentar la apuesta con otro Envido, responder con Real Envido o llevar la tensión al máximo con una Falta Envido. Todo esto puede suceder en pocos segundos, aunque después la discusión sobre quién debía responder dure media hora.

Una de las escenas más habituales ocurre cuando alguien anuncia sus puntos con una confianza impresionante y descubre que el rival tiene exactamente uno más. En ese momento aparecen las miradas al compañero, las explicaciones innecesarias y una pregunta inevitable: “¿Por qué no me hiciste la seña?”.

El resultado ya no puede cambiar, pero eso jamás ha impedido que los participantes analicen el error como si estuvieran revisando la final de un campeonato mundial.

Las señas convierten el rostro en un tablero

En las partidas por equipos, los compañeros suelen comunicarse mediante señas. Los gestos pueden variar según la región, la familia o el grupo de amigos, pero su finalidad es siempre la misma: informar qué cartas se tienen sin que los rivales lo descubran.

El problema es que no todas las personas nacieron con talento para el espionaje. Algunas realizan movimientos tan pequeños que ni su compañero consigue verlos. Otras guiñan, levantan las cejas o mueven la boca con tanta exageración que todos en la mesa comprenden el mensaje.

También existe el jugador que interpreta señas donde no las hay. Si su compañero parpadea, cree que tiene una carta poderosa. Si se rasca la nariz, supone que está pidiendo el Envido. Si bebe agua, probablemente imagina que acaba de recibir una estrategia completa.

Por eso las señas aportan una capa adicional de humor. No basta con tener buenas cartas: hay que comunicarlo sin parecer una persona que está intentando comunicarse.

El verdadero escenario del Truco es la sobremesa

El Truco puede jugarse en muchos lugares, pero su ambiente natural es la sobremesa. Aparece después de un asado, durante una reunión familiar, en un club, en un bar o en una tarde en la que nadie tenía planes y terminó encontrando uno.

La partida sirve como excusa para quedarse un rato más. Alrededor de la mesa se cuentan historias, se recuerdan anécdotas y nacen discusiones que raramente sobreviven hasta el día siguiente. Se compite, pero también se comparte.

Quizás esa sea una de las razones por las que el juego permanece vigente. No necesita un gran despliegue. Solo requiere una baraja, una superficie más o menos estable y personas dispuestas a desconfiar unas de otras durante un rato.

Además, reúne generaciones. Un abuelo puede enseñarle las reglas a su nieto y descubrir, dos semanas después, que el alumno ya aprendió a mentirle con una tranquilidad preocupante.

Un juego donde cualquiera puede parecer un experto

Las reglas básicas se aprenden con rapidez, pero dominar el Truco puede llevar años. Esa diferencia permite que principiantes y veteranos compartan una partida sin que el resultado sea completamente previsible.

La experiencia ayuda a recordar el valor de las cartas, administrar los puntos y reconocer ciertos comportamientos. Sin embargo, siempre existe espacio para la sorpresa. Un jugador nuevo puede ganar porque recibió una mano extraordinaria o porque tomó una decisión tan extraña que nadie supo cómo responder.

En el Truco no siempre triunfa quien tiene mejores cartas. Muchas veces gana quien conoce el momento exacto para avanzar, retirarse o lanzar una frase convincente. También ayuda tener buena memoria, porque los rivales jamás olvidan a la persona que pasó toda una partida fingiendo y consiguió salirse con la suya.

Del bar y la mesa familiar a las partidas digitales

La llegada del Truco a internet modificó el escenario, pero no eliminó su espíritu. Las partidas digitales permiten encontrar rivales con rapidez, practicar estrategias y jugar cuando no hay nadie cerca dispuesto a barajar.

Algunos elementos cambian. No es tan fácil observar los nervios del oponente ni detectar una seña accidental. En cambio, aparecen nuevas pistas, como el tiempo que demora una respuesta, la forma de jugar las primeras cartas o la frecuencia con la que alguien aumenta una apuesta.

El entorno es diferente, pero la pregunta sigue siendo la misma: ¿el rival tiene una gran mano o está intentando engañar?

Entonces, ¿por qué el Truco es tan argentino?

Argentina no es el único lugar donde se juega al Truco y existen distintas variantes en otros países. Sin embargo, la versión argentina consiguió convertirse en una expresión cultural reconocible porque reúne varios rasgos muy presentes en la vida cotidiana: la picardía, la conversación, el humor, la competencia y el placer de prolongar una sobremesa.

El Truco permite exagerar sin ofender, mentir sin traicionar y discutir sin dejar de ser amigos. Convierte una mala mano en una oportunidad para actuar y una buena mano en un desafío para no delatarse.

Por eso no es solamente un juego de cartas. Es una pequeña representación de la vida social argentina. Hay alianzas, sospechas, discursos apasionados, promesas difíciles de comprobar y personas que aseguran tener todo bajo control cuando, en realidad, solo sostienen un cuatro de copas.

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lunes, 10 de agosto de 2026

¿Qué es un hobosexual? El amor que llega con maleta incluida

Todo comienza como una historia romántica normal. Hay mensajes hasta la madrugada, citas improvisadas y frases como “nunca había conectado así con nadie”. Sin embargo, antes de que logres recordar su segundo apellido, esa persona ya dejó un cepillo de dientes en tu baño, conoce la contraseña del WiFi y pregunta si hay espacio libre en el armario.

No se mudó, por supuesto. Simplemente, sus pertenencias comenzaron a reproducirse dentro de tu casa.

Primero apareció un cargador. Después, una camiseta. Luego llegaron tres pares de zapatos, una consola de videojuegos y una correspondencia bancaria dirigida a tu domicilio. Cuando quieres darte cuenta, no tienes pareja: tienes un inquilino que paga el alquiler con abrazos.

Internet tiene una palabra para describir este curioso fenómeno: “hobosexual”. Aunque parece el nombre de una nueva orientación sexual, su significado es muy diferente y bastante menos romántico, más tirando a chistes sobre sexo.

hobosexual

¿Qué significa hobosexual?

“Hobosexual” es una palabra informal formada por la unión de “hobo”, una voz inglesa relacionada con las personas vagabundas o sin vivienda estable, y “sexual”. No se refiere a la orientación sexual de nadie ni es un término médico o psicológico.

La palabra se utiliza para describir a alguien que inicia o mantiene una relación sentimental principalmente para conseguir alojamiento, estabilidad económica o acceso a las comodidades de su pareja. En otras palabras, no se enamora únicamente de ti: también siente una conexión muy profunda con tu sofá, tu refrigerador y el hecho de que pagues las facturas a tiempo.

La hobosexualidad se considera una expresión coloquial, usada principalmente en redes sociales, conversaciones informales y contenidos humorísticos, como en chistes cortos picantes. No es un diagnóstico profesional, sino una etiqueta popular para señalar una relación en la que el romance podría esconder intereses habitacionales.

Del “me encantas” al “¿me haces una copia de la llave?”

Una de las características que más se asocia con un hobosexual es la velocidad. Mientras una pareja normal puede necesitar meses para conversar sobre la convivencia, esta persona podría comenzar a estudiar la distribución de tu casa durante la segunda cita.

No pregunta qué esperas de una relación, pero sí quiere saber si el sofá se convierte en cama. Tampoco recuerda cuál es tu película favorita, aunque conoce perfectamente el día en que vence el alquiler.

La relación avanza a una velocidad sorprendente. En una semana eres “el amor de su vida”; en dos semanas guarda comida en tu cocina; y en un mes se molesta porque todavía no tiene una llave propia. El romance parece una carrera contrarreloj, posiblemente porque su contrato de alquiler termina el viernes.

Por supuesto, querer pasar mucho tiempo juntos no convierte automáticamente a nadie en hobosexual. La diferencia aparece cuando la urgencia por convivir es mucho mayor que el interés por conocerte.

Señales de que podrías estar saliendo con un hobosexual

No existe una prueba definitiva para detectar a un hobosexual. Tampoco sirve colocar un cartel de “se alquila habitación” y observar cómo reacciona tu pareja. Sin embargo, hay algunas conductas que pueden despertar sospechas cuando aparecen juntas y de manera repetida.

La relación avanza demasiado rápido

Las declaraciones intensas llegan casi inmediatamente. Apenas se conocen, pero esa persona ya habla de vivir juntos, adoptar un perro y elegir cortinas para “nuestro dormitorio”.

El problema no es que alguien se ilusione con rapidez. La señal preocupante aparece cuando esas demostraciones de amor siempre terminan en una conversación sobre alojamiento. Curiosamente, su corazón y su maleta parecen tener exactamente el mismo ritmo.

Siempre tiene una emergencia habitacional

Su compañero de piso es insoportable, el propietario quiere echarlo, sus padres cambiaron la cerradura y todos sus amigos tienen la casa llena. Puede ocurrir una emergencia real, pero resulta extraño que cada problema de su vida solo tenga una solución posible: instalarse contigo.

Además, muchas veces la situación se presenta con una urgencia cuidadosamente calculada. No hay tiempo para pensar, conversar o establecer condiciones. Necesita mudarse esa misma noche y, casualmente, ya tiene las maletas preparadas.

Sus objetos comienzan a conquistar tu casa

Un cepillo de dientes puede ser un gesto romántico. Diecisiete cajas, una bicicleta estática y una colección de figuras de acción son una mudanza.

El supuesto visitante va dejando pertenencias de forma gradual, como quien instala un campamento sin pedir permiso. Cuando intentas hablar del tema, te responde que solo son “unas pocas cosas”. Lo dice mientras un camión descarga su colchón en la puerta.

Disfruta de la casa, pero evita las responsabilidades

La convivencia no tiene que dividirse de forma matemática, especialmente si uno de los dos atraviesa una etapa económica difícil. Sin embargo, una relación sana requiere algún tipo de reciprocidad.

El hobosexual disfruta del techo, la comida, la conexión a internet y los servicios, pero desaparece cuando hay que pagar, limpiar o resolver un problema doméstico. Vive en tu casa como si hubiera reservado un hotel con todo incluido y salida flexible.

Si le preguntas por su contribución, suele responder con grandes promesas futuras. Está a punto de conseguir un empleo espectacular, terminar un proyecto millonario o recibir un dinero misterioso. El problema es que ese maravilloso futuro nunca llega, aunque tu factura de electricidad sí.

Tus límites se convierten en una prueba de amor

Otra señal aparece cuando intentas frenar la convivencia y la persona responde con culpa o presión emocional. Puede decir que, si realmente la amaras, no permitirías que tuviera que buscar otro lugar.

Eso transforma una decisión práctica en una prueba sentimental. Ya no se trata de hablar sobre dinero, privacidad o responsabilidades, sino de demostrar amor entregando una copia de la llave.

Las descripciones recientes del término suelen destacar precisamente esa mezcla de rapidez, dependencia material y manipulación afectiva.

No toda persona sin dinero es hobosexual

Este punto es importante porque el término puede utilizarse de manera injusta. Perder el trabajo, sufrir un desalojo o necesitar ayuda durante una mala etapa no convierte a alguien en un aprovechado.

Las parejas se apoyan. En ocasiones, una persona paga más mientras la otra busca empleo, estudia, cuida a un familiar o se recupera de un problema. La diferencia está en la honestidad, el respeto y la intención.

Quien atraviesa una dificultad real suele hablar con claridad, agradecer la ayuda, respetar los límites y buscar maneras de contribuir. Tal vez no pueda aportar dinero, pero puede colaborar con las tareas, preparar la comida o desarrollar un plan concreto para recuperar su independencia.

El hobosexual, en cambio, evita las conversaciones incómodas, promete soluciones que nunca llegan y actúa como si el apoyo fuera una obligación permanente. No busca construir una vida contigo; busca instalarse en la vida que tú ya construiste.

Por eso, la palabra no debería emplearse para burlarse de las personas sin hogar o con problemas económicos. El verdadero centro del chiste es la conducta oportunista y engañosa, no la pobreza.

¿Por qué este término se volvió tan popular?

Internet adora poner nombres breves a situaciones complicadas. Ya existen palabras como “ghosting”, “orbiting” y “breadcrumbing”, así que era cuestión de tiempo que también apareciera una para describir al romance que incluye alojamiento gratuito.

Además, el término mezcla dos temas muy presentes en la vida cotidiana: las relaciones sentimentales y la dificultad para conseguir una vivienda. El resultado es una palabra graciosa para una experiencia que, para algunas personas, no tuvo ninguna gracia.

Muchos usuarios comenzaron a compartir historias sobre parejas que se mudaron demasiado pronto, dejaron de colaborar y desaparecieron cuando encontraron un hogar más cómodo. Así, “hobosexual” se transformó en una forma rápida de contar una historia que normalmente comenzaba con una cita y terminaba con una discusión sobre quién había consumido toda la comida.

¿Qué puedes hacer si sospechas de alguien?

Antes de acusar a tu pareja basándote en un video de treinta segundos, conviene observar su comportamiento y conversar directamente. No toda relación rápida es interesada y no toda persona que duerme varias noches en tu casa está preparando una ocupación permanente.

Puedes mantener tu propio ritmo, hablar con claridad sobre dinero y responsabilidades, y evitar tomar decisiones importantes bajo presión. Si todavía no estás preparado para convivir, decir “no” debería ser suficiente.

También es razonable proteger tus llaves, documentos y datos personales hasta que exista confianza. Una persona interesada sinceramente en ti respetará tus límites, aunque deba buscar otra solución temporal para vivir.

Al final, una pareja debe aportar compañía, afecto y colaboración. Si solo aporta una maleta, ropa sucia y preguntas sobre cuándo harás espacio en el armario, quizá Cupido no disparó una flecha: lanzó un contrato de alquiler.

Y si mientras leías esto apareció una persona concreta en tu mente, no tomes decisiones precipitadas. Primero termina el artículo, respira profundamente y comprueba cuántos cepillos de dientes hay actualmente en tu baño.

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sábado, 25 de julio de 2026

Cómo murió Shemp Howard: el último chiste del inolvidable Chiflado

Durante unos segundos, sus amigos creyeron que estaba representando una de sus habituales bromas. No resultaba extraño: Shemp Howard podía provocar una carcajada con una mueca, un sonido absurdo o una caída inesperada. Sin embargo, aquella noche no había cámaras, guion ni público esperando el remate.

El comediante regresaba a casa después de asistir a una pelea de boxeo cuando se desplomó dentro de un taxi. Tenía 60 años y había estado conversando y riendo apenas unos instantes antes. Su muerte fue tan repentina que parecía una escena de Los Tres Chiflados, aunque esta vez Shemp no volvió a levantarse.

Su final continúa despertando curiosidad, pero también permite recordar algo que muchas veces se pasa por alto: Shemp Howard no fue simplemente el reemplazo de Curly. Fue uno de los integrantes originales del grupo y un comediante con una carrera propia mucho antes de regresar junto a sus compañeros.

Cómo murió Shemp Howard: el último chiste del inolvidable Chiflado

¿Quién fue Shemp Howard?

Shemp Howard nació como Samuel Horwitz el 11 de marzo de 1895 en Brooklyn, Nueva York. Su conocido apodo habría surgido dentro de su propia familia. Debido a su acento europeo, su madre pronunciaba “Sam” de una manera que sonaba parecida a “Shemp”. La palabra terminó convirtiéndose en su nombre artístico.

Desde joven se interesó por el mundo del espectáculo. Trabajó con su hermano Moe Howard en diferentes números de vodevil y, a comienzos de la década de 1920, ambos se unieron al comediante Ted Healy.

Larry Fine se incorporó posteriormente, formando la base del grupo que con los años sería conocido en todo el mundo como Los Tres Chiflados. Quienes quieran conocer mejor al otro integrante fundamental del trío pueden leer esta biografía corta del humorista Larry Fine.

Por lo tanto, Shemp estuvo en el grupo antes que Curly. No llegó años después para copiar a su hermano ni para ocupar un papel que desconocía. Él había ayudado a construir el estilo basado en discusiones absurdas, golpes perfectamente coordinados y situaciones que siempre terminaban fuera de control.

La carrera que Shemp construyó en solitario

Shemp abandonó el número de Ted Healy a comienzos de la década de 1930. Mientras Moe y Larry continuaron trabajando y Curly pasó a ocupar su lugar, él comenzó una etapa independiente que demostró que podía hacer reír sin depender de sus hermanos.

Participó en numerosos cortometrajes y películas para estudios como Vitaphone, Universal y Columbia. Durante ese periodo compartió escenas con grandes figuras de la comedia, entre ellas W. C. Fields y la pareja formada por Bud Abbott y Lou Costello.

También interpretó a Knobby Walsh en varias producciones inspiradas en Joe Palooka, un popular boxeador de historietas. Su rostro y su manera de reaccionar ante los problemas lo convertían en una elección perfecta para personajes nerviosos, confundidos o desafortunados.

El estilo de Shemp era fácil de reconocer. Sus ojos inquietos, el cabello desordenado, la voz áspera y sus extraños sonidos le permitían conseguir una risa antes de terminar una frase. Podía parecer aterrorizado incluso cuando nada peligroso estaba sucediendo.

Además, era un excelente improvisador. No dependía solamente de los diálogos escritos. Podía extender una escena mediante gestos, movimientos torpes o pequeñas ocurrencias que surgían durante la grabación. Esa naturalidad le permitió mantener una carrera propia durante más de una década.

¿Por qué Shemp regresó a Los Tres Chiflados?

La situación cambió en 1946, cuando la salud de Curly Howard empeoró gravemente. El comediante había sufrido diferentes problemas médicos y un derrame cerebral terminó obligándolo a abandonar las grabaciones.

Moe y Larry necesitaban encontrar rápidamente un tercer integrante para poder continuar trabajando. Shemp ya tenía su propia carrera, pero aceptó regresar para ayudar a su hermano y evitar que el grupo desapareciera.

En un principio, la sustitución iba a ser temporal. La intención era que Shemp permaneciera hasta que Curly pudiera recuperarse y volver a trabajar. Lamentablemente, eso nunca ocurrió. La salud de Curly continuó deteriorándose y murió en enero de 1952, con solamente 48 años.

Shemp permaneció entonces junto a Moe y Larry hasta el final de su vida. Aunque parte del público continuó comparándolo con Curly, ambos tenían estilos muy diferentes.

Curly era explosivo, infantil y completamente impredecible. Shemp, en cambio, solía representar a un hombre nervioso que intentaba parecer valiente mientras todo se derrumbaba a su alrededor. No imitó a su hermano: creó una forma diferente de ser un Chiflado.

El hombre asustadizo que sentía pasión por el boxeo

Fuera de la pantalla, Shemp era conocido por tener numerosos temores. Le daban miedo los aviones, las alturas, algunos animales y conducir automóviles. Esa personalidad temerosa se parecía bastante a la de muchos de sus personajes.

Sin embargo, existía una actividad que disfrutaba profundamente: el boxeo. Solía asistir a los combates acompañado por amigos y se entusiasmaba observando a los luchadores. Según algunos relatos, en ocasiones hasta imitaba sus movimientos desde el asiento.

Por eso, la noche de su muerte comenzó como una salida completamente normal. El 22 de noviembre de 1955, Shemp asistió con sus amigos Al Winston y Bobby Silverman a una velada de boxeo en el Hollywood Legion Stadium.

Después del espectáculo, los tres subieron a un taxi para regresar a casa. Shemp parecía encontrarse tranquilo y de buen humor. Nada permitía imaginar que serían testigos de sus últimos minutos de vida.

¿Cómo murió Shemp Howard?

Shemp viajaba en el asiento trasero del taxi mientras conversaba con sus amigos. De acuerdo con la versión más conocida, se disponía a encender un puro cuando uno de sus acompañantes hizo un comentario que le provocó una carcajada.

Poco después, el comediante se reclinó repentinamente sobre el asiento. Sus amigos pensaron que estaba interpretando una de sus bromas. Era una reacción comprensible: Shemp se ganaba la vida fingiendo desmayos, golpes y toda clase de accidentes.

Sin embargo, pronto comprendieron que no estaba actuando. El comediante había perdido la vida de manera repentina dentro del vehículo. Tenía 60 años.

Durante muchos años, su muerte fue atribuida a un ataque cardíaco fulminante. Una versión posterior procedente de su familia señaló que la causa pudo haber sido una hemorragia cerebral. Más allá de esa diferencia, todos los relatos coinciden en lo fundamental: Shemp falleció de manera instantánea mientras regresaba de una de sus salidas favoritas.

No hubo una despedida preparada, una última función ni una frase solemne. Solo una conversación entre amigos, una risa y un silencio inesperado.

El nacimiento de los llamados “Shemps falsos”

La muerte de Shemp dejó a Moe, Larry y Columbia Pictures ante un problema. El estudio todavía debía completar varios cortometrajes contratados, pero el tercer integrante del grupo ya no estaba disponible para grabar nuevas escenas.

La solución fue recuperar fragmentos de películas anteriores y combinarlos con material nuevo. Para completar las escenas que faltaban contrataron al actor Joe Palma como doble de Shemp.

Palma era mostrado principalmente de espaldas, a cierta distancia o con el rostro escondido detrás de algún objeto. El objetivo era evitar que el público notara que se trataba de otra persona.

De esta manera se terminaron cuatro cortometrajes después de la muerte del actor. La técnica fue tan particular que años más tarde comenzó a utilizarse la expresión “Fake Shemp”, o “Shemp falso”, para describir a un doble empleado para sustituir a un actor ausente.

Después llegaría Joe Besser como nuevo integrante de Los Tres Chiflados. Más adelante también se uniría Curly Joe DeRita, aunque para muchos seguidores el grupo nunca volvió a sentirse igual.

Shemp Howard fue mucho más que un reemplazo

La enorme popularidad de Curly provocó que Shemp quedara durante años atrapado en una comparación injusta. Sin embargo, al volver a mirar sus películas aparece un comediante con personalidad propia, gran capacidad para improvisar y un ritmo que todavía consigue provocar risas.

Shemp no necesitaba copiar los movimientos ni los sonidos de su hermano. Le bastaba con mirar a Moe como si acabara de comprender que algo terrible estaba a punto de suceder. Su miedo exagerado, sus quejidos y su expresión confundida formaban una identidad cómica completamente personal.

Su muerte fue triste, repentina y difícil de creer. Sus propios amigos necesitaron unos segundos para comprender que aquel desplome no era otra actuación. Quizás por eso la historia continúa siendo recordada: el hombre que pasó buena parte de su vida fingiendo accidentes murió sin que quienes lo acompañaban pudieran distinguir inmediatamente la realidad de la comedia.

Shemp Howard se marchó sin escenario ni reflectores, pero dejó una extensa carrera, cientos de momentos inolvidables y un lugar indiscutible en la historia del humor. Nunca fue solamente el sustituto de un Chiflado. Desde el comienzo, fue uno de ellos.

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domingo, 21 de junio de 2026

El fin del humor machista: por qué ya no nos reímos de los mismos chistes

Durante décadas, el humor machista tuvo una especie de pase libre. Bastaba con decir “es solo un chiste” para que cualquier comentario sobre mujeres, cuerpos, esposas, suegras, rubias, feministas o “novias intensas” quedara protegido como si la risa lo limpiara todo. Pero algo cambió. Y no fue que la gente “perdiera el sentido del humor”, como repiten algunos nostálgicos del chiste fácil. Lo que cambió fue la pregunta de fondo: ¿quién se ríe, de quién nos reímos y quién paga el precio de esa risa?

El humor machista no desapareció de un día para el otro. Se fue quedando viejo. Como esos chistes de oficina que antes parecían normales y hoy suenan incómodos. Como esas películas donde la mujer era la aguafiestas, la tonta, la histérica, la interesada o el premio que el protagonista masculino ganaba al final. La risa sigue existiendo, pero el blanco del chiste empezó a moverse. Y ahí está lo interesante: el problema nunca fue reírse, sino, como se explica en este blog feminista de mujeres importantes, reírse siempre hacia abajo.

El fin del humor machista: por qué ya no nos reímos de los mismos chistes

Qué era el humor machista y por qué funcionó durante tanto tiempo

El humor machista es ese tipo de humor que convierte a las mujeres en estereotipo. No habla de una persona concreta, con defectos, contradicciones y gracia propia. Habla de “las mujeres” como si fueran todas iguales. La esposa pesada. La rubia tonta. La suegra insoportable. La feminista amargada. La chica fácil. La mujer que no entiende nada. La madre que arruina la diversión. La novia que controla. La compañera de trabajo que llegó “por linda”.

Durante mucho tiempo estos chistes funcionaron porque repetían ideas que la sociedad ya tenía aprendidas. No necesitaban ser muy inteligentes. El público entendía rápido el código porque venía escuchándolo desde la infancia. Si una mujer hablaba mucho, era gracioso. Si se enojaba, era histérica. Si disfrutaba del sexo, era objeto de burla. Si no lo disfrutaba, también. Si era inteligente, había que bajarle el precio. Si era libre, había que sospechar.

En realidad, gran parte de ese humor no era una explosión de creatividad, sino una repetición cómoda del poder. Hacía reír porque confirmaba un orden conocido: los hombres eran los protagonistas de la aventura y las mujeres eran el obstáculo, el adorno o el remate.

La clásica excusa: “ya no se puede hacer humor de nada”

Cada vez que cambia una sensibilidad social, aparece la misma frase: “ya no se puede hacer humor de nada”. Pero eso no es verdad. Hoy se hace humor de política, de familia, de parejas, de redes sociales, de sexo, de ansiedad, de trabajo, de maternidad, de paternidad, de dinero, de religión, de muerte y hasta de la propia incomodidad de no saber cómo comportarse.

Lo que pasa es otra cosa: ya no alcanza con repetir un prejuicio y llamarlo chiste.

El humor no murió. Se volvió más exigente. Antes, decir “mi mujer no me deja salir” podía alcanzar para arrancar una risa automática. Hoy, ese chiste necesita algo más: una mirada, un giro, una autocrítica, una exageración bien construida. Porque si el único mecanismo es “la mujer manda y el pobre hombre sufre”, el chiste no desafía nada. Solo recicla una idea gastada.

La comedia siempre incomodó. Pero una cosa es incomodar al poder y otra muy distinta es incomodar siempre a quienes ya fueron usados como blanco durante siglos.

El papel del feminismo: no apagar la risa, sino cambiar el foco

La mirada feminista no vino a prohibir el humor. Vino a hacer una pregunta mucho más incómoda: ¿por qué algunas personas siempre tenían derecho a reírse y otras siempre tenían que aguantar la broma?

Ese cambio fue enorme. Porque puso sobre la mesa algo que antes se escondía detrás de la carcajada: los chistes también educan. No de forma solemne, no como una clase, pero sí como una costumbre. Si durante años el humor repite que las mujeres son exageradas, tontas, manipuladoras o menos graciosas, esa idea se pega en la cultura.

La investigación sobre humor sexista ha señalado que este tipo de bromas puede crear un contexto donde ciertos prejuicios se expresan con más facilidad, especialmente entre personas que ya sostienen ideas sexistas. No significa que cada chiste produzca automáticamente violencia o discriminación, pero sí que el humor no vive en una burbuja inocente. Tiene efectos, normaliza tonos y marca qué cosas se consideran aceptables.

Por eso el feminismo no dice “no te rías”. Dice: mira mejor de qué te estás riendo.

Cuando las mujeres eran el chiste, no quienes contaban el chiste

Una de las grandes trampas del humor machista fue dejar a las mujeres afuera del control de la broma. Podían aparecer en escena, sí, pero muchas veces como objeto cómico, no como sujeto cómico. La diferencia es enorme.

Durante años, en cine y televisión, los personajes masculinos podían ser tontos, sucios, inmaduros, irresponsables, borrachos, torpes y aun así ser queribles. El hombre ridículo podía tener aventura. La mujer ridícula, en cambio, solía ser castigada, sexualizada o convertida en advertencia. El archivo compartido como base de este tema resume bien esa desigualdad histórica en la comedia: durante mucho tiempo, las mujeres fueron encasilladas como la voz seria, la aguafiestas, la “tonta linda” o la excepción dentro de grupos masculinos, quedando muchas veces “fuera del chiste”.

Ahí aparece una idea clave: la igualdad en el humor no consiste en que las mujeres sean siempre fuertes, perfectas e inteligentes. También consiste en permitirles ser absurdas, contradictorias, vulgares, torpes, brillantes, malas, caóticas y graciosas por sí mismas. No para gustarle al protagonista masculino. No para ser “la chica divertida” de alguien. Sino para ocupar el centro de la risa.

Del chiste de la rubia tonta a la comedia hecha por mujeres

El viejo chiste de la “rubia tonta” es uno de los ejemplos más claros de humor machista disfrazado de inocencia. Parece simple, casi infantil, pero está cargado de una idea bastante pesada: una mujer atractiva no puede ser inteligente. O, mejor dicho, si es deseable, debe ser menos amenazante. Debe estar un escalón por debajo para que el hombre se sienta cómodo.

Durante mucho tiempo, la comedia usó ese molde. Mujeres lindas pero ingenuas. Esposas razonables frente a maridos divertidos. Madres cansadas frente a padres “payasos”. Chicas torpes que existían para que un hombre las rescatara. Personajes femeninos que no tenían mundo propio, sino función dentro del mundo masculino.

Pero la entrada de más mujeres en la escritura, la dirección, el stand-up y la producción empezó a cambiar el mapa. Cuando las mujeres cuentan sus propios chistes, aparecen otros temas, otros ritmos y otros blancos. La maternidad deja de ser postal sagrada y se vuelve cansancio real. La pareja deja de ser “mi mujer no me deja” y pasa a ser negociación, deseo, hartazgo, amor y rutina. El cuerpo femenino deja de ser solo objeto y se vuelve experiencia: menstruación, placer, incomodidad, envejecimiento, belleza, vergüenza, libertad.

Eso no hace que el humor sea menos gracioso. Lo hace menos perezoso.

La caída del “era otra época”

Es verdad: muchas comedias viejas pertenecen a otra época. Pero esa frase no puede funcionar como escudo eterno. Decir “era otra época” ayuda a entender el contexto, no obliga a seguir celebrándolo todo sin pensar.

Podemos ver una película antigua, reírnos de algunas cosas y reconocer que otras envejecieron mal. Podemos disfrutar a un comediante clásico y admitir que ciertos remates hoy suenan crueles o básicos. La madurez cultural no consiste en borrar todo el pasado, sino en mirarlo sin obediencia.

El humor machista se fue acabando porque muchas personas dejaron de fingir que no molestaba. Antes, una mujer que no se reía de un chiste sexista era acusada de exagerada. Hoy puede decir: “no me hizo gracia”, y esa frase ya tiene más fuerza. No siempre gana la discusión, pero ya no queda automáticamente anulada.

Ese cambio parece pequeño, pero es enorme.

Las redes sociales aceleraron el cambio

Antes, un chiste machista podía emitirse en televisión, reírse en un bar o publicarse en una revista sin demasiada respuesta pública. Hoy, la audiencia responde. Comenta, critica, recorta, viraliza, discute. A veces con justicia, a veces con exceso, pero responde.

Esto obligó a muchos humoristas a revisar su material. Algunos lo vivieron como censura. Otros lo entendieron como evolución. La diferencia entre ambos grupos suele estar en el ego. El buen humorista sabe escuchar cuando un chiste no funciona. El mal humorista culpa al público por no reírse.

También cambió algo importante: ya no existe un solo público. Lo que antes se escribía pensando en un varón promedio ahora convive con audiencias mucho más diversas. Mujeres, personas jóvenes, colectivos feministas, públicos LGBT, familias con otras formas, hombres que tampoco quieren vivir atrapados en el papel del macho bruto. La comedia ya no puede hablarle únicamente al viejo club de siempre.

El nuevo humor feminista no es perfecto, pero abrió puertas

El humor feminista no significa hacer chistes “correctos” o llenos de moraleja. De hecho, cuando se vuelve demasiado didáctico, puede perder fuerza cómica. Su valor está en otra parte: cambia el punto de vista.

En lugar de reírse de la mujer que denuncia el machismo, se ríe del machismo. En lugar de burlarse de la víctima de acoso, se ríe del acosador patético. En lugar de presentar al marido como pobre rehén de su esposa, muestra lo ridículo de los varones que no saben hacerse cargo ni de su propia ropa interior.

Ese cambio de foco es poderoso porque conserva la risa, pero mueve la dirección del golpe. El humor sigue teniendo mala leche, exageración y crueldad. Solo que deja de pegar siempre en el mismo lugar.

Además, en muchos países el stand-up hecho por mujeres se volvió un espacio para hablar de desigualdad, deseo, mandatos familiares, cuerpos y violencia cotidiana desde una clave cómica. Incluso en contextos restrictivos, las comediantes están usando el humor como forma de crítica social y como vía para nombrar experiencias que antes quedaban ocultas.

¿Entonces ya no se puede hacer chistes sobre hombres y mujeres?

Sí se puede. Por supuesto que se puede. Las relaciones humanas son una fuente infinita de humor. La convivencia, las citas, el deseo, los celos, las separaciones, los malentendidos y las diferencias culturales siguen siendo material cómico de primera.

La clave está en no confundir observación con prejuicio. Un chiste sobre una pareja puede ser buenísimo si mira una situación concreta. Pero si el remate es simplemente “las mujeres están locas” o “los hombres son así”, probablemente estamos frente a un chiste viejo con bigote postizo.

El humor inteligente no necesita tratar a nadie como inferior para funcionar. Puede ser ácido, incómodo, negro, absurdo o salvaje. Pero cuanto más mira la realidad, mejor envejece. Y la realidad actual ya no acepta tan fácilmente que la mitad de la población sea usada como punching ball cultural.

El humor machista no murió: quedó en evidencia

Sería ingenuo decir que el humor machista desapareció. Sigue circulando en grupos de WhatsApp, programas, redes, comentarios y escenarios. Pero perdió algo fundamental: la impunidad simbólica. Ya no pasa tan desapercibido. Ya no se acepta tan rápido como “humor normal”. Ahora se lo nombra.

Y cuando algo se nombra, cambia.

Lo que antes parecía sentido común hoy se ve como una construcción. Lo que antes era “un chiste de suegras” hoy puede leerse como una forma gastada de despreciar a mujeres mayores. Lo que antes era “humor de hombres” hoy puede sonar como miedo a perder privilegios. Lo que antes era “la rubia tonta” hoy parece una pereza creativa enorme.

El final del humor machista no significa el final de la comedia. Significa el final de una comodidad. La risa no se acabó. Se está volviendo más amplia, más incómoda para el poder y, cuando sale bien, mucho más divertida.

Porque el verdadero problema nunca fue que las feministas no tuvieran sentido del humor. El problema era que durante demasiado tiempo se esperaba que se rieran de un chiste donde ellas siempre eran el remate.

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sábado, 20 de junio de 2026

Los mejores chistes médicos para reírse en la sala de espera

Hay lugares donde uno espera buenas noticias, recetas difíciles de leer y miradas serias. Pero también hay un sitio perfecto para el humor: el consultorio médico. Porque, seamos honestos, pocas cosas unen tanto a la humanidad como haber dicho alguna vez: “doctor, me duele acá” mientras señalamos una parte del cuerpo con cara de tragedia.

Los chistes médicos tienen algo especial. Mezclan nervios, exageración, enfermedades imposibles, doctores con respuestas absurdas y pacientes que llegan al consultorio con problemas que parecen sacados de una caricatura. Y ahí está la gracia: convierten una situación seria en algo liviano, rápido y fácil de compartir.

En esta recopilación tomada de un blog de medicina vas a encontrar chistes clásicos de “doctor, doctor”, juegos de palabras, pacientes despistados y médicos con un sentido del humor bastante particular. Algunos son viejísimos, otros parecen nuevos, pero todos tienen algo en común: son cortos, simples y perfectos para sacar una sonrisa.

Los mejores chistes médicos para reírse en la sala de espera

Los mejores chistes médicos

Los chistes de médicos son como esas revistas viejas de la sala de espera: siempre estuvieron ahí, nadie sabe bien desde cuándo, pero todos terminan mirándolos. Son bromas rápidas, de esas que se cuentan en una reunión familiar, en el trabajo o cuando alguien dice que tiene turno con el doctor.

Una ventaja de los chistes de doctores es que muchos son aptos para todo público. No hace falta explicar demasiado, no dependen de referencias raras y suelen entenderlos tanto adultos como niños. Eso los vuelve ideales para reuniones, cumpleaños, grupos de WhatsApp o momentos donde alguien necesita levantar el ánimo.

La gracia de estos chistes está en que no buscan ser complicados. Son directos, rápidos y con un remate que llega enseguida. En un mundo donde muchas bromas necesitan contexto, estos chistes médicos siguen funcionando porque van al punto.

Doctor, doctor, me duele aquí, aquí y aquí.

—Pues deje de tocarse.


Doctor, creo que soy invisible.

—¿Quién dijo eso?


Doctor, tengo complejo de perro.

—¿Desde cuándo?

—Desde cachorro.


Doctor, tengo memoria de pez.

—¿Desde cuándo?

—¿Desde cuándo qué?


Doctor, cada vez que tomo café me duele el ojo.

—Saque la cucharita de la taza.


Doctor, creo que necesito lentes.

—Seguro, esto es una panadería.


Doctor, doctor, nadie me hace caso.

—Siguiente.


Doctor, creo que tengo amnesia.

—Pague por adelantado.


Doctor, ¿voy a perder el ojo?

—No, se lo vamos a guardar en un frasquito.


Doctor, me duele cuando hago esto.

—Entonces no lo haga.


Doctor, me diagnosticaron indecisión.

—¿Está seguro?

—Sí… bueno, no sé.


Doctor, mi hijo se comió una calculadora.

—¿Y cómo está?

—Sumamente preocupado.


Doctor, ¿esta operación es peligrosa?

—Tranquilo, si algo sale mal, usted ni se entera.


Doctor, me tragué un diccionario.

—¿Y cómo se siente?

—Sin palabras.


Doctor, tengo un dolor que va y viene.

—Dígale que se quede quieto.


Doctor, tengo un tic nervioso.

—¿Desde cuándo?

—Desde que me llegó la cuenta de la consulta.


—Doctor, ronco tan fuerte que me despierto a mí mismo. 

—Pruebe a dormir en otra habitación.


Un paciente le dice al médico: "Doctor, cada vez que estornudo veo estrellitas." 

El médico responde: "Pues consulte con un astrónomo."


—Doctor, tengo la sensación de que nadie me escucha. 

—¿Cómo dice?


Un paciente le pregunta al médico: "¿Cuánto tiempo me queda?" 

El médico responde: "Diez." 

-"¿Diez qué? ¿Años, meses?" 

-"Nueve, ocho, siete..."

¿Por qué nos dan tanta risa los chistes de médicos?

El humor médico existe desde hace muchísimo tiempo porque toca un tema universal: todos, tarde o temprano, terminamos en una consulta. Todos conocemos la mezcla de preocupación, espera, vergüenza y preguntas raras que aparecen cuando algo nos duele. Por eso estos chistes conectan tan rápido.

También hay algo liberador en reírse de la salud. No de una enfermedad real ni del sufrimiento de alguien, sino de esas situaciones exageradas que rodean al mundo médico: diagnósticos absurdos, pacientes distraídos, doctores demasiado literales y síntomas imposibles.

Además, el formato “doctor, doctor” es muy fácil de recordar. Tiene una estructura clara: el paciente plantea un problema y el médico responde con algo inesperado. No necesita una historia larga. En dos líneas ya está el chiste completo.

Chistes médicos y humor sano: una buena combinación

Reír no cura todo, pero ayuda. A veces un chiste corto puede cambiar el ánimo de una conversación, hacer más liviana una espera o romper el silencio incómodo de un grupo. Los chistes médicos tienen esa ventaja: hablan de algo cotidiano, pero lo convierten en absurdo.

Eso sí, el buen humor también necesita tacto. No es lo mismo reírse de una situación imaginaria que burlarse de alguien que está pasando por un problema real. La mejor versión del humor médico es la que juega con el lenguaje, los malentendidos y las exageraciones, no la que lastima.

Por eso esta recopilación funciona tan bien: son chistes blancos, rápidos y pensados para compartir. Algunos son inocentes, otros tienen un toque negro muy suave, pero todos buscan lo mismo: hacer reír sin complicar demasiado.

Conclusión: una receta rápida contra el mal humor

Los chistes médicos siguen vivos porque son simples, universales y fáciles de contar. No importa si estás en una sala de espera, en una comida familiar o en un grupo de amigos: un buen “doctor, doctor” siempre encuentra su momento.

Y tal vez esa sea la mejor medicina de todas: una risa breve, inesperada y sin efectos secundarios. Aunque, si te duele el ojo cada vez que tomas café, antes de pedir turno con el oftalmólogo, revisa si dejaste la cucharita dentro de la taza.

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